El claroscuro de Rembrandt

Posted on 7 January, 2014

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La muerte es una quimera porque mientras yo existo.
No existe. Y cuando existe la muerte. Ya no existo yo.
(Epicuro de Samos)

Un niño de cinco años fue encontrado muerto. Federik cumpliría seis años, la siguiente semana. El calvario empezó unas semanas atrás. Aquél día, salió a jugar y a corretear por la plantación, solo, sin Nashir, así que nadie supo que fue de él. Nadie, pues todo ocurrió sin testigos, únicamente Sunita le vio salir de la casa. Antes que los últimos rayos de sol nos abandonaran, organizamos patrullas de rastreo con la ayuda de los trabajadores de la plantación. Lamentablemente, la fortuna no estaba de nuestra parte.

Tras una noche de intensa desesperación, y ya con las primeras luces, reanudamos los trabajos y centenares de hombres se sumaron a la batida. Le buscamos incansablemente bajo la intensa lluvia que como cada año nos traían los monzones. Rincón a rincón y centímetro a centímetro. Pero nadie supo de su paradero, ni siquiera las autoridades encontraron pista alguna.

Cinco semanas después, hallaron el cadáver tirado en una bancada. Como si de un animal se tratara. Experimenté una terrible sensación al acercarme a identificar los restos, pues la incertidumbre me apresó y me lanzó de cabeza al abismo. Sentí una presión en el pecho que me impedía respirar por momentos. En esos instantes deseaba con todas mis fuerzas, desde lo más profundo de mi corazón, que ese cuerpo no fuera el de Frederik. Mientras me aproximaba, pude oler el hedor repulsivo que desprendía el cuerpo. Un hedor solo comparable, a la ira que todavía hoy, me corroe las entrañas.

La victima apareció amoratada y sucia. Las ropas eran jirones y la putrefacción ya engullía sus delicadas y jóvenes carnes. Tenía marcas de golpes y le habían mutilado uno de sus dedos de la mano derecha. Todos los indicios apuntaban a que había sido torturado. Su cara estaba desfigurada y reflejaba sufrimiento. Yo no tenía dudas, sabía que Frederik había sido asesinado. Todavía recuerdo su sonrisa, su inocencia y hasta sus últimas palabras.

Todo empezó en Kerala, mes de Junio del año 1668. Aquél día me encontraba allí, en aquel paraje, el que siempre había sido su escondite preferido, donde solía jugar con su amigo Nashir, el nieto de Sunita, nuestra fiel ama de llaves. Annika y una docena de personas llegaron al lugar escogido para dar sepultura a Frederik. Ella llegó acompañada por el misionero Connor O’Sullivan que ofició el entierro. Rompió a llorar desconsolada, mientras Connor tomaba su mano tratando de reconfortarla. Un llanto desgarrador rompía el silencio sepulcral. “¡Mi hijo está muerto!“ Gritó Annika.

Al escuchar estas palabras de boca de mi mujer fui consciente, jamás encontraría  consuelo sin venganza. ¡Habían matado a mi hijo!, ¡Destrozaron mi familia! ¡Aniquilaron mi descendencia! Me juré a mi mismo que actuaría sin piedad ante los asesinos. Sangre y más sangre, la imagen de mis manos ensangrentadas se repetía en mi cabeza una y otra vez. Mi mente, trataba de escapar de allí. Sangre, justicia y dolor.  Esos eran mis objetivos y únicos pensamientos mientras observaba como los dos empleados seguían cavando. La pena negra se apoderó de ti  Annika, y el llanto se entremezclaba con el sonido de la pala desgarrando las profundidades de la tierra.

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